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Micrófonos, cuentas B y otras cosas que esconder

Editorial
Nacional

La corrupción sigue ocupando las primeras planas de los periódicos en nuestro país. Desde que se levantó la tapa de la Gürtel allá por 2009, hemos tenido de todo y de todos los colores; PalmaArena, ERES, Urdangarínes, 3%´s, Micrófonos, Cuentas B. Cada semana aparece un nuevo caso de corrupción que mina la moral de un país al borde del colapso. Mientras se echa a la gente de sus casas por no pagar sus cuotas, un señor que ha robado dinero público cena con champán en París. Mientras la cola del paro dobla la esquina dos veces, las comisiones de investigación parlamentarias no dejan de ser un cúbreme y te cubro. Mientras la gente se queda sin aliento, se descubren nuevos corruptos en cada ayuntamiento.

En cualquier otro estado todos los nombres de las listas que publicó el otro día El País habrían dimitido, aquí se aferran al cargo como un bebé a los brazos de su madre. La casta política se ha acomodado y acostumbrado a meter la mano en la caja de todos ante la impasividad social, el consentimiento y la lentitud judicial. Se ha creado un sistema tan podrido que el que tiene que juzgar al que roba ha sido puesto ahí por el ladrón. Ni azules, ni rojos, ni verdes, todos han sido contagiados por la peste de la corrupción, esa enfermedad que está acabando con el país. Pero no solo los políticos tienen la culpa.

En un país que ronda los seis millones de parados y que se ha caracterizado históricamente por ser poco estable socialmente, ¿Cómo es posible que la gente no se eche a la calle al descubrir la verdadera cara de sus políticos? La respuesta es simple, no es algo nuevo. En España se sabían los tejemanejes políticos desde hace mucho tiempo, pero mientras la cosa iba bien ya saben, aquí pan y después gloria. El problema comienza cuando se acaba el  pan y todos nos damos cuenta de que la podredumbre que hemos admitido durante años y años nos llega hasta el cuello. No queremos atacar a nadie pero ¿Acaso a nadie le olía mal lo que pasaba en Valencia? ¿Nadie veía venir lo de Cataluña (recuerden el 3% de Maragall)? ¿No se veían los ERES en Andalucía? ¿El Palma Arena apareció solo?

La respuesta es que no, ante el enriquecimiento evidente de una alta casta política los españoles no hicimos nada. Vivíamos cómodos y nos daba igual que la hija de un ex presidente se casase en todo el Monasterio del Escorial como si fuese una boda de Estado.

Los despertares de las pesadillas suelen ser los peores y la sociedad se ha encontrado con que el sueño negro es una realidad. En este despertar, la sociedad debe concienciarse para condenar la corrupción. Como ya se hizo antes con ETA o la Guerra de Iraq, una respuesta enérgica de la sociedad se hace en estos momentos más que necesaria. Una chispa que acabe con el acomodo de una casta política que no sabe lo que ocurre en la calle.

Por la regeneración política de un país y un sistema que nació mal. Por una cura para esta peste antes de que sea demasiado tarde.

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