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Diario de prácticas en el Gregorio Marañón

Crónica
Educación y Ciencia
Fachada del hospital Gregorio Marañón, Madrid/Reuters

Nos trasladamos hoy, 8 de abril, al Hospital Gregorio Marañón donde María, una estudiante de enfermería de la Universidad Complutense de Madrid, realiza sus prácticas universitarias. A través de ella conoceremos de manera cercana el desarrollo de una jornada en este hospital.

 

Son las 7.00 de la mañana y ella nos espera puntual en la puerta del hospital que da a la calle Doctor Esquerdo. Mientras nos presentamos la acompañamos a través de  las escaleras que conducen al Edificio Principal. A continuación, cruzamos un enorme patio exterior. Nos explica que acabamos de salir del Edificio Médico-Quirúrgico y nos va señalando las distintas zonas del hospital. Cogemos el ascensor hasta la sexta planta, ahí está la “Unidad de Digestivo”, donde María está realizando sus prácticas.

 

Antes de comenzar su trabajo, entra en una sala llamada «Control», una pequeña recepción donde se realizan las actas de enfermería y todo el papeleo. Según nos dice, también cuenta con una zona de descanso para las enfermeras, las auxiliares de enfermería y los médicos. Al lado de esta sala, se encuentran las habitaciones de los pacientes que atiende María junto a su supervisora.

 

A las 7:45 tiene una reunión con su tutora para escuchar el parte de la noche. Cuando esta finaliza, se dirige con sus compañeros y con su tutora a sacar las medicinas de los pacientes que están a su cargo. Nosotras le esperamos fuera de la sala hasta que sale con su bandejita. “Utilizamos un sistema muy eficiente que nos ayuda a controlar quién saca la medicación, la cantidad que se ha sacado de cada uno y saber las reservas que nos quedan”, nos explica mientras se dirige a las habitaciones. No obstante, como queremos respetar la privacidad y el descanso de los pacientes, esperamos en el transitado pasillo por el que deambulan pacientes, familiares y médicos

 

A primera hora se realizan las extracciones de sangre, por lo que María se dirige de nuevo a control para preparar su batea y todos los instrumentos necesarios para hacer la analítica. María nos explica el proceso: “Hay que sacar sangre a los pacientes para los que se ha solicitado la analítica. Yo tengo que ir con mi enfermera habitación por habitación para ir aprendiendo cómo se hace”. El trato de los enfermeros hacia los pacientes es cercano. No solo se limitan a repartir los medicamentos que necesitan o preguntarles cómo se encuentran físicamente, sino que tratan de ayudarles psicológicamente, darles consejos y entretenerles en la medida de lo posible. Después de sacar sangre, reparten el desayuno y si hay tiempo suficiente les toman la tensión. Se trata de un trabajo sin descanso, se engrana una tarea con otra para mantener un cuidado completo sobre los dolientes.

 

Según vamos caminando por el pasillo junto a María nos cruzamos con su profesora asociada. Ambas se dirigen a la reunión semanal en la que la tutora corrige a los alumnos sus trabajos escritos, habla con ellos y les encarga nuevas labores que entregarán para las semanas siguientes. Suelen ser trabajos sobre la metodología seguida día a día en sus prácticas.  

 

Por primera vez en toda la mañana se sienta a descansar y comer. En la sala de descanso María se encuentra con algunos compañeros de la universidad que también están en prácticas y con algunos enfermeros que conoce de su día a día en el hospital. Éstos charlan entre ellos e intercambian las impresiones de la mañana. No obstante, el descanso no dura mucho, puesto que su tutora de prácticas se acerca y le indica que tiene que atender a uno de sus pacientes. En este trabajo hay que estar disponible en todo momento.

 

Cuando son aproximadamente las 10:00, informan a María de que debe acudir junto con más compañeros a una prueba médica a la que nunca antes ha asistido.

 

Antes de irse, María nos cuenta entusiasmada en qué consiste ese proceso: en la sala donde se lleva a cabo hay una camilla en la que se tumban los pacientes a los que se les realiza la prueba y un ordenador en el que, a lo largo del proceso, van apareciendo sus datos. Se preparan todos los utensilios, ya esterilizados, que van a ser necesarios, y después los médicos y enfermeros también pasan a prepararse. Todos los que presencian la prueba, tanto ayudando como observando deben llevar un mandil, un chaleco y un collarín de plomo, guantes y mascarillas especiales.

 

Una vez preparado el paciente, es sometido a la prueba Hemodinámica, que consiste en, mediante una incisión en su yugular interna, observar las presiones de las venas del hígado. Finalizado todo, el paciente es trasladado a su habitación. María nos repite las órdenes de la enfermera: “Debemos llevarle a su habitación de nuevo y asegurarnos de que realiza dos horas de reposo, sin comer y sin beber apenas agua”.

 

Después de esta nueva experiencia, ya son las 12:00 y toca preparar y repartir de nuevo la medicación, por lo que María nos explica el proceso.“Hay que disolver los fármacos en suero, conectarlos a los sistemas de administración del mismo y purgarlo para no provocar una embolia al paciente. Después, limpiamos el tapón por el que sale la medicina, lavamos las vías, comprobamos que son permeables y que no tienen ninguna fuga, conectamos el suero al tapón y ¡arreando!” dice sonriendo.

 

Tras una última ronda por las habitaciones para administrar y controlar los aerosoles, María habla con sus compañeros para intercambiar opiniones sobre algunos casos concretos. María se muestra cansada pero a la vez satisfecha de su trabajo.  Tal vez no se aprecie a simple vista, pero en este ámbito laboral existe un protocolo muy exigente. “Hay que cumplir el código por el que nos regimos al pie de la letra”, explica con tono serio. Ese código determina que, por ejemplo, al evaluar el dolor de una persona y preguntarle cómo se encuentra tú no puedes objetar nada en contra. “Si el doliente te explica que de una escala del 1 al 10, la sensación de dolor que tiene es de 9, tú no puedes negárselo. Y, correspondiendo a esa valoración, le administramos los medicamentos que precise”.

 

Ya son las 13:30 y hay que repartir la comida. La administración de la medicación es muy estricta y todas son particulares para cada paciente, de modo que hay que volver a comprobar si se ha dado alguna actualización durante la mañana.

 

A las 14:00, después de recoger las bandejas de la comida, solo toca una ligera ronda mientras que las enfermeras realizan una valoración de cada paciente. Ya queda poco para que termine su turno, y le informan de que a dos pacientes les han dado el alta. En estos casos, hay que hacer una «Valoración de Alta».

 

Durante los últimos minutos, antes de que termine su trabajo, María se reúne con sus compañeros para terminar de recoger las bateas que hay encima de la encimera de la salita de control. Como el equipo que son, ordenan lo que han podido utilizar y limpian todo. Solo queda dar el parte de la mañana a los que llegan para hacer el turno de tarde. Por último, firman el Libro de Asistencia y ya pueden irse.

Mientras termina de recoger sus cosas, nos damos cuenta de que se trata de un trabajo muy rutinario en el que no cabe equivocarse. Es una profesión en la que no caben errores, metódica y en la que todo está muy controlado. Cuando María nos conduce a la salida nos dice que al final de una jornada se siente muy gratificada, pero lamenta que su futura profesión esté poco valorada. Cruzamos las puertas del Gregorio Marañón, salimos con un buen sabor de boca. Ha sido una mañana apasionante en la que hemos podido valorar la labor tanto de profesionales como de futuros enfermeros.

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