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El sombrero de toquilla, una artesanía cara e inequitativa

Entrevista
Crisis Mundial. Cambio climático
María Loja y un grupo de artesanas tejen sombreros de paja.
El sombrero de toquilla es una artesanía que permite a los tejedores cuencanos obtener un ingreso adicional. El trabajo terminado, sin embargo, es costoso y en algunos casos es un artículo de lujo.
 
Cuenca junto a sus zonas cercanas es uno de los centros más importantes del tejido del sombrero también conocido como panama hat, que se confecciona con la fibra de la Carludovica palmata. 
 
Esta actividad es tradicional en Cuenca y sus alrededores, sobre todo en Azogues, Biblián, Gualaceo, Chordeleg, Sígsig, entre otros. La tradición de este tejido inició en 1845, cuando Bartolomé Serrano, corregidor de Azogues, contrató a maestros de Jipijapa y Montecristi para que enseñen su arte.

Artesanos como María Loja tienen en el tejido de sombreros una fuente de ingresos, pero insuficiente. Los exportadores compran cada unidad a precios bajos (menos de 10 dólares), les dan un tratamiento y venden en sus locales o los exportan.
 

Un sombrero se vende entre 65 y 80 dólares en Internet. Un sombrero de tipo Cuenca se oferta en 55 dólares. El del mismo tipo cuesta entre 45 y 120 libras (68 y 182 dólares) en Londres. Los más finos cuestan entre 350 y 5.000 dólares, mientras que los “tesoros raros” alcanzan los 25.000 dólares.
 
Las ganancias, a pesar de eso, son pocas para los artesanos. El tejido tradicional del sombrero ecuatoriano de paja toquilla es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2012, pero quienes lo elaboran dicen sufrir una situación inequitativa. Y no solamente ellos.
 
“Es a partir de esta manufactura que aparece y se consolida una moderna estructura de clases sociales, la de tejedores y la de exportadores”, afirma María Leonor Aguilar.
 
Los tejedores quieren mejorar sus ingresos. Una opción es asociarse, como en Sígsig, o recibir la ayuda de entidades como el Museo Casa del Sombrero o la fundación Carlos Pérez Perasso, que dan apoyo a los tejedores. Pero ellos esperan más: “Si hubiera alguien más quien nos pueda ayudar para vender un poco más, sería mucho mejor”, dice María Loja, nacida en la parroquia sigseña de San Bartolomé, mientras teje un sombrero típico cuencano.
 
 
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