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¿Habemus Papam?

Editorial
Pandemia Internacional

En la quinta votación del segundo día del Cónclave saltaba la esperada noticia: “Habemus Papam”. Eran las 19.07 horas del miércoles 13 de marzo de 2013, y la fumata blanca acompañada del repicar de las campanas de la Basílica de San Pedro anunciaba la elección del pontífice número 266, sucesor de Benedicto XVI.

El elegido ha sido el arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio, de 76 años, que ocupará la silla de Pedro con el nombre de Francisco. Se vive así “un momento histórico sin precedentes”, como indicaba el presidente de Ecuador, Rafael Correa, a través de su cuenta de Twitter: se trata del primer Papa latinoamericano, argentino y jesuita.

Tras dos fumatas negras, los 115 cardenales electores, con la ayuda siempre invocada del Espíritu Santo, inclinaron la votación a favor de Bergoglio, considerado un moderado. Aunque estaba fuera de las principales quinielas, según apuntan algunas voces ya fue uno de los más votados en los dos anteriores cónclaves.

La elección ha sido más corta de lo que se esperaba, pero rápidamente ha despertado un torrente de reacciones: el presidente de México, Enrique Peña Nieto; la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner; los reyes de España; el presidente de Estados Unidos y el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, han felicitado al nuevo Papa y mostrado su confianza en mantener una gran cooperación con la Santa Sede.

Pero más allá de las emociones suscitadas, el nuevo Papa ha sido elegido con un objetivo concreto: regenerar la Iglesia y hacer limpieza en el Vaticano después de los escándalos que en los últimos meses les han sacudido. De hecho, los temas más candentes que se han discutido en el Cónclave han sido la necesidad de reforma de la Curia, la postura de la Iglesia ante la pederastia y la situación del IOR, el banco del Vaticano. Es lógico que aún exista incertidumbre sobre la orientación que asumirá el nuevo sumo pontífice, y hacia dónde conducirá a una Iglesia milenaria, esparcida por todo el mundo y que ejerce una influencia muy poderosa en la humanidad del siglo XXI.

A Bergoglio se le considera ortodoxo en cuestiones dogmáticas pero flexible en materia de ética sexual. Ha dado muestras en su primera comparecencia pública de humildad, aunque al fin y al cabo como cardenal era una persona de gran simplicidad. Pertenece a una familia de clase media y suele usar el transporte público en Buenos Aires, donde vive. Como buen argentino, es aficionado al fútbol, siendo seguidor del San Lorenzo de Almagro. También hay que destacar su influencia en el pueblo cristiano, ya que cuatro de cada diez de los más de 1.100 millones de católicos del mundo viven en Latinoamérica, donde, no obstante, están en retroceso ante el empuje de otras ramas del cristianismo.

Pero retomando los numerosos retos que tiene por delante (al margen de los asuntos polémicos), antes de encerrarse en la Capilla Sixtina los cardenales parecían tener claro lo que la Iglesia necesita ahora: un pontífice fuerte, capaz de organizar los dicasterios (ministerios) del Vaticano para hacerlos más eficaces, limpiar la podredumbre puesta al descubierto por el caso Vatileaks, impulsar el diálogo con el Islam y afrontar de una manera valiente el papel de la mujer en la Iglesia y la postura oficial ante la bioética. Debe saber estar al lado de los pobres en un momento de crisis mundial y a la vez devolver al Vaticano su influencia perdida.

La Iglesia vivirá a partir de hoy una situación inédita, además porque el nuevo Papa deberá convivir en el Vaticano con el Papa emérito, Benedicto XVI. Francisco celebrará su misa de entronización el próximo 19 de marzo. A partir de ahí, deberá pastorear a más de mil millones de católicos que le han recibido con júbilo y que colocan en él grandes esperanzas. Las interrogantes afloran, pues no sabemos como concluirá el nuevo pontificado y qué precedentes ha dejado el anterior inmediato. Se supone que la fe de la Iglesia y en la Iglesia son perpetuas y divinas, pero sus múltiples retos son mundanos y se adelanta muy poco de cómo serán afrontados con éxito para enaltecerla en un mundo tecnificado, globalizado y de asfixiante inmediatez. Hoy como nunca la Iglesia necesita un guía. ¿En verdad “Habemus…”?

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