GlocalPressUrjc

Menú principal

Se encuentra usted aquí

No habrá paz para los birmanos

Reportaje
Internacional
Éxodo de los rohingyas. ONU
2019 no pone fin al conflicto bélico en Myanmar. La confrontación religiosa se agrava ante el miedo de los budistas a una invasión musulmana y el sentimiento de apátrida de los rohingyas.

En la calle Pansodan Street, Yangon, ondea en la fachada del juzgado la bandera de Myanmar. Los colores que la conforman y que en su momento buscaron ser un reflejo de los ideales de paz, solidaridad y unión la tiñen de una apariencia que poco tiene de real. Si algo está quebrando el territorio birmano, no es la inminente llegada de un tsunami en la costa índica, sino una oleada de xenofobia y racismo. Los rohingyas llevan en el país varias generaciones, aún así, la población budista los sigue viendo como a unos extraños. Hoy en día la ONU los considera la minoría musulmana más perseguida del mundo. 

La herida causada por el colonialismo británico no ha dejado de supurar. Unas 135 etnias conviven en un espacio limitado en el que el 90% de la población es budista. Excluidos a la región de Rakhine o Arakan, conviven los rohingyas y los kaman. Siendo ambos grupos de religiones distintas, los kaman han adoptado costumbres propias del budismo, dándoles carta blanca para el acceso a la ciudadanía. Los rohingyas, por su parte, no han renunciado a los principios básicos del Corán, lo que ha desencadenado que el Gobierno los siga considerando inmigrantes ilegales de Bangladesh. 

 

 

Denegados los derechos humanos de sanidad, educación, trabajo y libertad de movilidad, esta etnia se ha visto obligada a subsistir bajo unas condiciones deleznables. Para entender esta situación es necesario remontarse a la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia de la invasión japonesa, los ingleses abastecieron de armas a los rohingyas. Este obsequio de poder les dio alas para que comenzaran su propia guerra contra los budistas birmanos. La quema de hogares y templos, junto con el apoyo al ejército opresor británico, consolidó un sentimiento de rencor que perdura hasta nuestros días. 

 

El conflicto civil ha ocasionado hasta el momento más de 400 muertes y un total de 723.000 refugiados (cifra que sigue aumentando), siendo este uno de los éxodos actuales con mayor relevancia mundial. El ejército birmano justifica sus últimos ataques en la supuesta estrecha relación que mantienen los rohingyas con grupos terroristas. La amistad con Al-Qaeda y los talibanes supondría una vuelta de tuerca para las libertades que ha conseguido Myanmar durante las últimas décadas. 

 

Hasta el momento la comunidad budista era mayoritaria, sin embargo, un incremento de los practicantes musulmanes podría equilibrar la balanza en su contra. Alimentados por el miedo a una posible invasión por parte de los países árabes, siendo los rohingyas simpatizantes de estos, el pueblo birmano ve como única solución la expulsión radical o el exterminio de este colectivo.

 

 

En esta historia no hay blancos ni negros, sino una amplia gama de grises. El gobierno de Myanmar argumenta su desasosiego en el supuesto sentimiento apátrida de los rohingyas. No obstante, más que un sentimiento, es un hecho que el Estado ha llevado a cabo constantemente políticas restrictivas que los margina. ¿Llegará el final para esta crisis humanitaria? ¿Habrá calma tras la catástrofe que ha asolado a esta nación? Quizá el tiempo y el diálogo junto con una mediación internacional, promovida por los intereses propios de cada potencia, puedan llevar a estas dos comunidades a comprender que si quieren sobrevivir tendrán que hacerlo juntas.

 
Desarrollo en Drupal por Suomitech